

EL ESPEJISMO DE LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA DE LOS DESFAVORECIDOS
A pesar de que Kenia es, indudablemente, una de las democracias más estables de África, la representación política de la ciudadanía vive alejada de la realidad cotidiana de un país en el que gran parte de su población vive con menos de dos dólares al día. La elección como diputado de John Paul Mwirigi ha supuesto un soplo de aire fresco a una política acosada por la corrupción y por unos sueldos astronómicos que los diputados no tienen intención de bajarse.
Y es que, aparte de la polémica generada por el supuesto fraude que ha culminado con la anulación de los comicios del pasado 8 de agosto, el período postelectoral se ha visto marcado por las protestas de un nutrido grupo de diputados ante los planes del Gobierno de recortar en un 15 % sus salarios, tal y como venía reclamado la ciudadanía desde hace años.
Por VÍCTOR ESCRIBANO
Estos emolumentos, que se situaban en torno a los 6.000 euros mensuales, contaban además con una serie de extras como los 40.500 euros cada cinco años para costearse un coche oficial, el préstamo a bajo interés de 57.000 euros para adquirir un vehículo personal, la hipoteca en iguales condiciones favorables de hasta 160.000 euros y los 2.900 euros al mes en concepto de mantenimiento del coche o transporte, ya sea en clase business en avión o en tren.
Incluso aunque la medida recorte su salario hasta los 5.150 euros mensuales o el del presidente hasta los 12.000, sigue tratándose de cifras sonrojantes cuando se comparan con el salario medio de Kenia, que se sitúa en torno a 127 euros al mes. Y, es más, la directora de la Comisión de Salarios y Remuneración del Ejecutivo, Sarah Serem, el organismo que ha impulsado esta reducción salarial, aseguró a la BBC que los diputados kenianos seguirán estando “entre los mejor pagados del mundo” a pesar de estos recortes. Por comparar, el sueldo mínimo de un diputado del Congreso español se sitúa en los 4.637 euros brutos.
La política en Kenia está dominada en su mayoría por una clase alta que desconoce las lamentables condiciones en las que vive la mayoría de su pueblo. El recién elegido gobernador de Nairobi, Mike Sonko, se mueve por la ciudad en vehículos de alta gama como su Hummer dorado, que cuesta más de 50.000 euros. Similar montura exhibió en su momento el principal candidato de la oposición, Raila Odinga, cuyo principal caladero de votos se encuentra, irónicamente, en los barrios chabolistas de Nairobi y en las zonas del oeste y de la costa, tradicionalmente más pobres.
Odinga, que reside en una mansión en el lujoso barrio nairobeño de Karen, convocó una huelga general en protesta por el supuesto fraude electoral, que finalmente fue secundada por una pequeñísima parte de la población: el resto, a pesar de su afiliación política, no tiene qué llevarse a la boca si deja de trabajar. Y eso que, a pesar de haber amasado una gran fortuna con una empresa de fabricación de botellas para gas licuado, no es el político más adinerado del país.
Ese título va para el presidente, Uhuru Kenyatta. El hijo de Jomo Kenyatta, fundador del país en 1963, año en el que consiguió la independencia del Reino Unido, es heredero además de una potente empresa que controla gran parte de la producción láctea del país. Los dos principales políticos del país sustentan sus campañas en sendas grandes fortunas, con las que apoyan la estructura de sus partidos.
Así pues, la política local se ve beneficiada también por ese dinero, que llega a los representantes de estos dos grandes partidos para organizar campañas que les garanticen el éxito, algo que choca aún más con la elección del joven Mwirigi, que tuvo que usar el único suéter que tenía como identificativo electoral.
Uhuru Kenyatta, presidente de Kenia. / Irispress

Raila Odinga, líder de la oposición. / BBC
Los diputados se oponen a que les recorten los sueldos. / Citizen TV Kenya