
ROSEMARY GUARITA,
LA LUCHA EN SILLA DE RUEDAS
Rosemary Guarita convive desde hace 25 años con su silla de ruedas debido a una enfermedad degenerativa llamada meningitis tuberculosa. Dice que no quiere méritos ni busca protagonismo, pero el año pasado su imagen traspasó fronteras. Quienes vieron esa fotografía quizás no recuerden su cara, pero sí su imagen, en silla de ruedas, colgada de un puente.
379 kilómetros son los que separan La Paz de Cochabamba, la ciudad de donde salió la marcha. 379 kilómetros y 35 días "rodados" en su silla de ruedas. Guarita y sus compañeros salieron a la calle el año pasado para pedirle al Gobierno un bono mensual de 500 bolivianos, que equivalen a unos 60 euros. A pesar de que se reunieron con varios ministros, no lo consiguieron.
Su marido, Rodolfo García, dice que fue él el que la apoyó para que comenzase a ir a las reuniones de los grupos de personas con discapacidad, tras ver en unos folletos que en Estados Unidos llevaban años en las mismas. "Si ustedes no la van a pelear, no les van a dar nada". La pareja llevaba dos años casada cuando le diagnosticaron a Rosemary su enfermedad. Entonces vivían en una casa compartida entre los hermanos de Rodolfo y ellos ocupaban el segundo piso.
"Yo le cargaba en la espalda; le subía y le bajaba", recuerda el marido. Ahora viven en una zona más alejada al centro de Cochabamba, en un barrio donde no hay apenas tiendas ni llega casi transporte comunitario. Allí tenían un terreno, y se construyeron una humilde casa de ladrillo con una sola instancia que reúne la cocina y el dormitorio, y donde parece casi imposible que la silla de Rosemary pueda girar.
Es 6 de agosto, día de la Patria en Bolivia. Por todas las esquinas del país, ya sean grandes ciudades o pequeñas comunidades, personalidades políticas, fuerzas públicas y miembros de la sociedad civil preparan desfiles para conmemorar la independencia de Bolivia del imperio español. Rosemary Guarita iba a desfilar en Cochabamba, una de las principales ciudades del país, pero sin embargo sirve comida en la caseta de la Iglesia de su barrio, a las afueras de la ciudad. "¿Dónde se perdieron?", pregunta como saludo. A su alrededor, sólo hay palabras de agradecimiento y admiración hacia esta feligresa.
Por IRENE ESCUDERO

El marido de Rosemary, Rodolfo García, ayuda a su mujer a subir al coche. / Irene Escudero

El dormitorio-comedor de Rosemary Guarita y su marido, Rodolfo García. / Irene Escudero
Rosemary Guarita cuenta cómo la enfermedad le ha cambiado la vida / Irene Escudero
Rosemary Guarita recuerda las marchas del año pasado / Irene Escudero