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Valentina, colaboradora mapuche

Por JAVIER URETA

Valentina Bastías tiene 27 años y es de Santiago. No le une nada, o al menos no lo hacía, con las comunidades mapuches que viven en el sur de Chile, a miles de kilómetros de la capital. Pero Bastías es solidaria y reacciona, dice, ante las injusticias. Por eso hace cuatro años, recién terminados los estudios de psicología, se cogió un autobús de 14 horas para bajar a la región de La Araucanía, un territorio verde y pobre poblado por esta tribu originaria.

Valentina Bastías, activista afín a la causa mapuche / Javier Ureta

“Mi sentido de la justicia me decía que no estaba bien lo que estaba pasando. Es gente normal, pobre, en muchos casos sin formación y con unas reivindicaciones que yo considero válidas”, cuenta la activista. Le costó llegar, ganarse la confianza de una tribu hermética que recela de todo aquel que no haya mamado los códigos de su cultura desde pequeños

“Están acostumbrados al rechazo de cualquiera que no sea mapuche y, como es lógico, han creado su propio caparazón”, insiste. Explicarles su objetivo y que lo aceptasen le costó a Bastías varios sinsabores pero consiguió la confianza de la comunidad de San José de la Mariquina, uno de los principales centros mapuches, gracias a los cuidados de los niños.

“Ellos no entienden de razas y malos ratos. Al final, sin quererlo, me sirvió para ganarme su respeto y comencé a entrar en su círculo y a comprender mejor sus aspiraciones”, comenta.

Para entender el punto clave de las reivindicaciones mapuches, hay que remontarse, una vez más, al golpe de Estado de Pinochet del 11 de septiembre de 1973, del que estos días se cumplen 44 años. El dictador, que siempre justificó la intervención militar por el pobre desarrollo de la economía del Gobierno de Allende, expropió las tierras de los mapuches para entregárselas a la explotación de las empresas forestales.

De la noche a la mañana, una tribu que vive como prácticamente ningún otra su conexión con la naturaleza, había perdido sus casas, sus cultivos, su modo de vida.

“Les echaron. Y no bien, no negociaron, no se lo pidieron. Con violencia y represión, como hizo casi todo el gobierno militar”, cuenta Bastías. El conflicto estaba creado y con el tiempo, lejos de solucionarse, se enquistó aún más. La “avaricia de las empresas” continuó abusando de los derechos de esta comunidad, cada vez más arrinconada.

Violencia engendra violencia”, cuenta la activista para explicar la reacción mapuche. La tribu comenzó a quemar maquinaria, camiones, fundos y casas como método de reivindicación de sus exigencias. No siempre fue bien: en el camino han quedado muertos inocentes que poco o nada tenían que ver con los poderes que expropiaron las vidas mapuches.

Niños mapuches realizan un baile tradicional de su tribu / Javier Ureta

El Gobierno continuó con esta espiral de violencia en algo que Bastías califica como terrorismo de Estado. “Cuando hay un atentado, los policías llegan aquí y detienen, golpean, secuestran e incluso matan a gente de forma completamente indiscriminada. Durante años, la represión policial ha asesinado a hombres, mujeres y niños completamente inocente”, cuenta.

A eso se suma la marginación que sufren del resto de la comunidad. “En un país en el que los medios han sido tradicionalmente de derechas, la causa mapuche se ha visto criminalizada por los periódicos, que han creado una corriente de opinión por la que el resto tiene una visión distorsionada de la realidad”, explica Bastías.

A los detenidos por cada incendio o robo, se les aplica con dureza la Ley Antiterrorista.

Otra histórica reivindicación mapuche es la independencia del Estado de Chile, una petición que se ha suavizado con el paso de los años, pese a que la tribu tiene cultura e idioma (el mapudungun) propios. “Esto parece más lejano porque nadie se atreve a definir a ciencia cierta las fronteras de un hipotético estado mapuche”, confiesa Bastías.

La meta, insiste la activista, es “detener la represión arbitraria” y la inclusión de estas tribus en la comunidad de forma que se respeten sus tradiciones y su cultura.

“Esto tiene que terminar ya. Es un pueblo machacado que se merece un reconocimiento, y más ahora que la tendencia mundial es respetar y revalorizar a las tribus originarias”, opina. La experiencia le ha servido a Bastías para crecer, pero para tener en su imágenes que desearía olvidar.

“Ya he visto muchos niños que han perdido a sus padres y muchos padres que han perdido a sus hijos por la violencia de Carabineros. Demasiadas lágrimas y demasiadas muertes. El Gobierno tiene una deuda histórica con esta gente”, concluye.  

Niños mapuches en una escuela de reciente construcción en el sur de Chile / Javier Ureta

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